el año de la serpiente
Cada día nacen más de 370.000 personas en el mundo, hay 2.000 tormentas sucediendo a la vez en el planeta, alrededor de 6.100 meteoritos caen al suelo cada año y durante un tercio de todo ese tiempo estamos dormidos.
siendo un esqueleto vivo, siendo un animado muerto1
Durante el sueño, mientras allá fuera suceden tormentas y un bebé llora por primera vez, el cerebro se reestructura. Dentro de nuestra cabeza inventa imágenes de cosas que queremos olvidar como si nos regresasen con un maleficio y nos agita el cuerpo en la cama y nos remueve las sábanas como si pasasen de verdad. Al fin y al cabo, todo el cuerpo es memoria.
Perdemos los primeros dientes alrededor de los 6 años, y alguien guarda esos pedacitos de nuestro cuerpo en un joyero como recuerdo de algo valioso, como si esos trocitos de calcio fuesen el último testigo de una infancia que deja de ser, al igual que las serpientes también mudan su piel.
Después de aprender esto, crecí obsesionada con la idea de la regeneración de las células: en siete años todo lo que compone mi cuerpo se habría renovado, y habitaría una piel que ya no sería adolescente, una piel nueva que no había vivido un accidente, una piel sin olor a hospital y pomada, una piel que mi ex nunca había tocado por mucho que todos los lunares y todas las cicatrices continuasen en el mismo lugar. Me equivoqué, porque esa sensación de alivio funcionaba también al revés. Mis abuelos nunca han abrazado mi cuerpo de adulta, y el sentimiento de poder y de control que había convertido en mi refugio se convirtieron de golpe en ternura y pena. Existe una versión de mí que es huérfana de ese cariño, y aún así el cuerpo sigue encogiéndose ante su recuerdo cada vez que evoco el sonido de las canicas, el olor a pan tostado o el trino del pajarillo en la terraza un sábado por la mañana.
Cambiar de año y ponernos objetivos reproduce esa idea de que podemos renovarnos, introducir cosas nuevas que aspiran a construir una versión mejorada de lo que ya somos.
Este año voy a correr, y mis piernas serán más ágiles y mis pulmones más fuertes y correré tan lejos como pueda.
Este año aprenderé a tejer. Haré una bufanda larga y mullida que poder vestir durante todo el invierno.
Este año viajaré más. Seré extranjero entre edificios que no conozco y personas que no me conocen.
Esto no lo entiende mucho una versión más pequeña de ti, que se encoge de hombros porque ya baja a correr al parque todos los días, ya viste a diario el mismo abrigo con los bolsillos llenos de migas de gusanitos y ya sale de excusión con el colegio, despidiéndose con golpecitos en el cristal del autobús. Pero llegará el carnaval y se disfrazará de colores, vistiendo durante unas horas una piel nueva y jugando a ser algo diferente hasta el momento de desvestirse del traje, despeinada y sonriente, volviendo a lo que en realidad nunca paró de ser.
Siempre que intento convertirme en otra cosa intento recordar que todas las cosas que nos hacen ser quien somos han estado siempre dentro. Y si creías que se habían ido, volverán a salir a tu encuentro en el momento en que las busques.
¡hola! me llamo maría. durante años he escrito una newsletter que puedes leer aquí. esta es la cuarta temporada, en un lugar nuevo. si has llegado aquí por primera vez, te invito a tomar asiento: en este nido celebraremos banquetes y meriendas a la luz de las cerillas.
nos vemos pronto :)
maría y moca.
Segismundo en La vida es sueño. Calderón de la Barca.
Un regalo: La historia del sol, la luna y las estrellas, 1845. Capítulo VIII. Little servants.





